miércoles, 27 de julio de 2011

LA LEYENDA DE LA NIÑA DE LAS PERAS


      
      Habiendo investigado sobre la leyenda de San Virila en el mismo sitio donde tuvieron lugar los hechos contados en el relato anterior, puedo asegurar con total propiedad que, por haber quedado impresionado ante las circunstancias, decidí dar inicio a una serie de investigaciones que me condujeron a varios sucesos de rasgos muy parecidos a éste. Mi interés fue tal, que durante meses, y hasta la fecha de hoy, empecé a rastrear aquellas huellas misteriosas dejadas en el tiempo por aquellos que fueron protagonistas de estos fenómenos de carácter paranormal, partiendo de experiencias personales que dan cuerpo a mi próxima obra a ser publicada, si no hay contratiempo alguno, a finales de este año ––LAS COSAS EXTRAÑAS QUE NUNCA QUISE CONTAR A NADIE––, alcancé a encontrarme con que a unos cuantos kilómetros de mi lugar de residencia en Adeje, había quienes contaban un hecho muy similar y más que cercano, en cuanto al fenómeno en sí, que en su momento le tocó vivir al santo abad del Monasterio de Leyre. Y es que en Canarias, específicamente en la comarca del sur de la isla de Tenerife, en el Municipio de Guimar para ser más exactos, arropada por la manta señera de las creencias populares que pasan de una generación a otra, existe una leyenda que gira toda ella en torno a una niña que se dará por extraviada en uno de los parajes más insólitos que, por sus características geográficas y recónditas, atrae la atención de todo visitantes deseoso de adentrase en las profundidades de ese misterio que le envuelve desde los albores de aquellos días en que los “Antiguos” poblaban la región; me refiero al mítico Barranco de Badajoz.
 
      El Barranco de Badajoz, conocido en la antigüedad como Barranco de Chamoco, es producto de un accidente geodésico de origen natural, causado posiblemente por un cataclismo de gran magnitud cuyo fundamento pudo haber estado estrechamente vinculado a la antigua actividad volcánica que moldeó el paisaje de la isla de Tenerife conocido hoy por sus pobladores y visitantes. 

      La ubicación de este paraje rodeado de belleza y misterio a un mismo tiempo, se encuentra dentro del paisaje natural protegido, conocido con el nombre de Siete Lomas. Su cota de altura, tomando como referencia las cumbres de Izaña, es de 2.259 m.

      Ateniéndonos al lugar, y al paisaje que nos brinda a lo largo de su recorrido al mar, estamos obligados a señalar que podemos definirlo dentro de los términos geográficos como un cañón canario, al tiempo que nos aventuramos a rotular con acertada pertenencia que quizás es el más espectacular de todos los existentes en la isla. 

      Sus paredes verticales de cientos de metros de altura, separadas por escasos metros en el fondo del lecho, son un atrayente a la vista de todo aquel que se adentra en sus entrañas. Éstas, dado el paso de los años y los cambios geográficos habidos, están cubiertas por plantas de diversa variedad que hacen vida con especies endémicas. Tan insinuante espectáculo natural, desde años atrás, ha venido despertando el interés de un colectivo compuesto por escaladores, biólogos, investigadores, científicos, geólogos ––y también de estudiosos de los fenómenos paranormales––, sin que por ello se pierda el interés de aquellos que van por simple curiosidad o sana diversión.

      Son múltiples las historias, algunas convertidas en leyendas, que pueden ser escuchadas con solo mencionar el nombre de Barranco de Badajoz. Muchas de ellas giran en torno a seres de luz que habitan en sus parajes; otras, haciendo referencia sustancial a lo visto por algunos, hablan de seres vestidos de blanco que habitan en las profundidades de sus cuevas; mientras existen unas muy particulares que se suman a esas otras que tienen que ver con el fenómeno OVNI. Sin embargo hay una, y no más, que llama la atención de todo aquel que quiere ir más allá del límite que separa el mundo natural de lo sobrenatural; hago aquí referencia a la “Leyenda de la niña de las peras, como popularmente se conoce la misma.

      Cuentan que allá por los años comprendidos entre 1.905 y 1.910, existió una niña a la que sus padres enviaron en busca de frutas a unos árboles cercanos a la humilde vivienda que ocupaban. La criatura, queriendo complacer a sus progenitores con una buena recolección de peras, se adentró en el barranco.

      Pasadas las horas, la niña no regresó a casa y sus padres se vieron obligados a pedir ayuda a los vecinos para salir en su búsqueda. La zona fue rastreada palmo a palmo pero la niña jamás llegó a ser encontrada. Desanimados ante el fracaso de su empeño, la dieron por desaparecida y todos retornaron a sus hogares. Hay quien afirma que sus padres quedaron sumidos en la tristeza por sentirse culpables de la desaparición de la niña.

      Varios años más tarde, hay quien señala que algo más de veinte, como si nada hubiese ocurrido y todo estuviera dentro de la normalidad, la niña regresó a su casa gozando del mismo aspecto físico que tenía para el día en el que salió a cumplir con el encargo de sus padres. El tiempo no había transcurrido para ella…

      Ante el asombro de sus padres, ésta contó que había ido al barranco a por la mejor fruta y que, luego de haberla cogido, por estar cansada, se sentó bajo la sombra de un frondoso árbol quedándose dormida al poco rato. Fue en ese mismo lugar donde fue despertada por un hombre vestido de blanco…

      Por inspirarle confianza, y nunca miedo, la niña accedió a aceptar la invitación que este ser de blanco le había cursado, y caminó a su lado en dirección al interior de una cueva en la que existía una escalera por la cual descendieron hasta llegar a un inmenso jardín donde había otros seres de igual aspecto. Después de convivir durante un corto lapso de tiempo con aquella comunidad de vivientes, fue el mismo ser de blanco quien la condujo a la entrada de la cueva, para luego despedirse de ella.

      La niña fue al lugar donde había dejado las peras recogidas, y volvió camino a su casa, encontrándose a su llegada,  para su sorpresa, con que el paisaje que rodeaba su humilde vivienda había sufrido una transformación. Sus padres, ya ancianos, al igual que los vecinos del lugar, quedaron asombrados al verla. En su momento, ella llego a  pensó que solo habían acontecido unas pocas horas desde instante mismo en el que salió de casa a por las futras encargadas por sus padres, cuando, a ser verdad, habían transcurrido algo más de veinte años…

      Las historias en torno a la figura de la niña de las peras, como popularmente se le sigue llamando, son muy variadas. Luego de aquel episodio, dicen que las cuevas fueron cerradas para que no se perdiera ningún otro niño.

      A la fecha de hoy el Barranco de Badajoz sigue sumando visitantes, pero también anécdotas e historias que animan al interés de quienes estudian este tipo de fenómenos paranormal. Hay quienes cuentan, luego de haber pernoctado en el barranco o han visitado la gruta que se encuentra en sus dominios, que han escuchado la voz de la niña a manera de murmullos. 

      Algunas personas, no sé con qué intención, siguen señalando que la niña de las peras, aunque son muchos los años transcurridos desde el incidente, continúa haciendo vida en el Barrio de San Juan, pero que, por expreso deseo suyo, se mantiene distante a la vista de todo aquel que quiera dar con su paradero. 
 
      Asombra… Realmente asombra escuchar o descubrir cosas como las contadas, pero si ahora mismo tuviera que hablar de las últimas experiencias tenidas por cercanas durante estos últimos once años, de seguro que pudiera escribir unos cuantos libros sobre esas cosas que muchos prefieren callar para que nadie se burle de ellos; y, aunque de momento no es esa mi intención, tampoco doy por negado que en un futuro cercano no lo haga. 


Entretenido en darle valor a las cosas que aparentemente no lo tienen.
Verano del 2.010

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